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Son las doce horas, un minuto y quince segundos, dijo quien le precedía. La impaciencia y el nerviosismo, le hacía dudar de su reloj, la humedad de las manos no conseguía impedirla, y el nudo de la corbata le obligaba a tragar la saliva con dificultad. La decisión en pos de un idealizado futuro, sopesadas las importantes renuncias y claudicaciones, era concluyente. Después de inspirar y resoplar enérgicamente, se adentró resuelto pisado fuerte en el mullido suelo de aquel despacho. ¿Es definitiva su dimisión?, -le preguntó el personaje que le recibía-, sí, -contestó-. A continuación abandonando aquel lugar abrumador, se encaminó en busca de nada pero habiendo recuperado todo.


