Aquella tarde al inicio de un tórrido verano, Rafa había quedado con su inseparable amigo Mati, en que después de la hora de la siesta, obligación impuesta por sus madres, irían al jardín de la señora Felisa, y después al taller de carpintería del señor Rogelio, con el fin de conseguir en uno y otro sitio algún material o desperdicio, que les permitiera a los dos chiquillos aportar algo de combustible destinado a la hoguera de San Juan, que estaba próxima a celebrarse en distintos lugares de las diversas barriadas de Salamanca.
Rafa le dijo a Mati: –Vamos primero al jardín de la señora Felisa- que se encontraba cerca del terraplén de la vía del ferrocarril-, que cómo ella es prima segunda ó tercera de tu madre, malo ha de ser que no nos dé algún despojo de los ramajes del jardín, pues recuerdo que el año pasado hasta nos lo agradeció, y después vamos al taller del señor Rogelio, que es primo de mi tío Enrique, y le pedimos algunas virutas y serrín y si le cogemos de buen humor, a lo mejor, hasta nos da también algún recorte de madera.
Rafa y Mati organizaban estas expediciones con mucha ilusión y dedicación, pues comenzaban preparando los adornos de la Cruz de Mayo, continuaban, cómo ahora, con la hoguera de San Juan y acababan en Diciembre con la petición del aguinaldo, ocupando su tiempo antes en el mes de Septiembre y a veces en Abril, en la Feria de Botijeros, colaborando con los feriantes en la instalación de sus carruseles en los alrededores de La Alamedilla, lo que qué les proporcionaba unos preciados vales, que les permitían disfrutar de las distintas atracciones de forma gratuita.
El padre de Rafa, que era ferroviario, desempeñaba el cargo de guardafrenos y su madre, aparte de atender a la casa, cogía puntos a las medias, contando el matrimonio con tres hijos más, menores que Rafa: Angelito, Nines y Aurorita. Todos ellos ocupaban una modesta vivienda de planta baja que compartían con otra familia, unos utilizaban la parte derecha y otros la izquierda, ya que estaba dividida por un largo pasillo que desembocaba en un patio de utilización común dónde se encontraba el retrete y la pila de lavar, igualmente de uso común y a su vez adornado por una parra que, la verdad, no era muy generosa en sus frutos considerando el trato y cuidados que todos le daban.
Mati, a su vez, era hijo de un camarero del Café Nacional, que se hallaba en la Plaza Mayor, y su madre cuidaba de la familia compuesta por dos hermanos de Mati: Juli, que era mayor que éste y Santi que iba después de él. La casa que ocupaban era similar a la de Rafa, pero no la compartían con nadie, ya que era propiedad del abuelo materno y a éste, que entonces vivía en un pueblo cercano, le pagaban la renta que tenían establecida.
Cómo se acercaba el día de la hoguera, Rafa y Mati fijaron un turno de guardia con el resto de la cuadrilla de amigos que organizaban la que se instalaba en una de las calles que confluían en la Avenida de Campoamor, no muy lejos del Bar El Parral, pues de sobra sabían que, debido a la competencia existente entre las distintas hogueras, al menor descuido unos y otros se distraían las existencias llamadas a ser devoradas por el fuego. Por ello Rafa le dijo a Mati: –Como mi padre está de servicio hoy en la línea de Plasencia-Empalme y no viene hasta muy tarde yo me quedo a vigilar hasta última hora y tú si te parece te estas según tenga el turno tú padre en el Café- De ésta forma los dos amigos establecieron su colaboración en la importante tarea de vigilar la hoguera.
Llegada la víspera de la festividad del Bautista y acercándose la mágica noches de San Juan, la vieja ciudad de Salamanca se transformaba por doquier en una ardiente tea llena de flameantes hogueras, al igual que de ruidosos cohetes y petardos, así cómo de sorprendentes bengalas. Lo mismo que al resto de la chiquillería, a Rafa y Mati la hora de la siesta, ese día se les hacía interminable, pues se hallaban ansiosos de disponer todo el material acumulado y darle una forma atractiva, que, en casi todas las hogueras culminaba en un sombrero y una escoba, aparte de que también permitiera una eficaz y aparatosa combustión que destacara sobre las demás.
Un problema que ese día siempre se suscitaba era la falta de recursos económicos para poder ir al kiosco del Demetrio y adquirir los petardos imprescindibles para disfrutar de la noche y de la hoguera. Rafa trataba de convencer a su madre diciéndole:–Durante todo el año te reparto las medias por las casas de las clientas, traigo a Nines y Aurorita de la escuela y también ayudo a Angelito a hacer los deberes, Dame por lo menos para comprar seis petardos y dos bengalas –La madre, que no era muy partidaria de éstos explosivos, demoraba su decisión:–Prefiero que lo que sea se lo pidas a tú padre y que él decida lo que estime conveniente-. Pero de sobra sabía Rafa que en lo que se refería a la economía doméstica, que en éste caso, en definitiva, era de lo que se trataba, su madre llevaba la voz cantante, por lo que insistió:–Cuando venga mi padre ya será tarde pues de sobra sabes que cuando acaba el servicio se entretiene con los amigos en la cantina de la estación y ,además, la decisión todas las veces te la endilga a ti- De ésta forma, Rafa consiguió al final, aunque de forma parcial, que su madre atendiera su petición.
Mati, en el aspecto monetario, lo tenía algo más fácil, pues recurría a su padre aprovechando que él era el encargado en casa de llevarle al café el avituallamiento cuando las horas de servicio se alargaban, bien por Semana Santa, Ferias u otras celebraciones, al igual que también se ocupaba de ir a buscarle el tabaco al estanco dónde tenía domiciliada la cartilla del racionamiento y la “Hoja del Lunes” que entonces se publicaba con abundante información deportiva, a la que su padre era muy aficionado y que también había contagiado a Mati, consiguiendo que su padre atendiera sus requerimientos pecuniarios. Para ello utilizaba el recurso de las propinas y alguna gabela que por su profesión, de vez en cuando, le caía, pero antes le hizo la siguiente advertencia: –Adminístralo bien y sobre todo ten cuidado cuando utilices los petardos o lo que compres, pues ya sabes que casi todos los años hay accidentes por imprudencias y solo nos faltaría que ocurriera algo , viendo cómo anda tu madre- Ésta siempre estaba enferma y cualquier alteración que pudiera haber le inquietaba y agravaba su precario estado, ya de por sí endeble por naturaleza.
Llegada la anhelada noche, con la hoguera dispuesta y con el acopio de petardos y demás cohetería, el suspense se centraba en cuál de las hogueras del entorno era la última en prenderse, pues ésta era una de las cosas de las que al día siguiente se alardeaba, al igual que cuál de todas había dejado más tarde de arder y durado más su rescoldo, motivo por el cual, a pesar de la presión de sus progenitores, la chiquillería insistía en retrasar el encendido, hasta que por fin un padre, chisquero en mano, prendía fuego y después de un intenso humo se iniciaban las llamas. En las distintas formas que estas llamas adoptaban, mayores y pequeños veían de manera diferente no carente de un cierto grado de fantasía, rasgos y trazos que bien podían representar las diversas ilusiones y frustraciones que cada uno vivía día a día. La ilusión de unos chavales, perseverando en una costumbre o rito ancestral, permitía a todos unidos por el fuego, el ruido de los petardos y la consiguiente algarabía, reflexionar al contemplar cómo la hoguera se iba consumiendo, sobre la levedad de la vida y en cómo las llamas que el fuego propiciaba, también representaban para cada uno, las aspiraciones más modestas al igual que las que parecían más inalcanzables. El fuego tenía de este modo, para sus respectivas vidas un efecto placebo al que necesariamente había que acceder todas las noches de San Juan, para hacer acopio de fuerzas para un año más y a la vez concebir nuevos proyectos e ilusiones que probablemente habrían de repetirse al año siguiente.
Al día siguiente, Rafa y Mati, sentados a la sombra de uno de las árboles que rodeaban el Asilo de San Rafael en el Paseo del Rollo, cercano a sus hogares, recordaban la noche pasada y hacían proyectos para el resto del verano, Mati decía: –Yo me iré unos días con mi madre y mi hermano Santi al pueblo del abuelo, haber si cambiando de aires mi madre mejora como le ha dicho el médico, pero estaré aquí antes de San Lorenzo que es la fiesta y la verbena de los bomberos en Campoamor; y mi hermano Juli se quedará aquí con mi padre, pues le ha dicho que es fácil que pronto le avisen para entrar de botones en el Gran Hotel, ya que Juli cumple catorce años el día de Santiago y acaba la Escuela -.
Rafa, por su parte, le comentaba a su amigo Mati –Yo no tengo tu suerte pues no tengo parientes en ningún pueblo, así que me quedaré aquí todo el verano haciéndole los recados a mi madre y cuidando de mis hermanos, me iré a los Jesuitas a jugar, y algún día cómo puede ser la Fiesta de San Ignacio, es posible que me vaya con ellos y con los que por allí andamos de excursión a la arboleda de Cabrerizos ó tal vez a La Flecha, ya sabes por otros años que llevan una buena merienda y aunque vamos y venimos andando lo pasamos muy bien, y por las noches saldré con mi madre y mis hermanos a tomar el fresco, también algún día iremos a la estación a buscar a mi padre, así le ayudamos a traer el farol y el resto del equipo y yo aprovecho para ver la salida y llegada de los trenes, sobretodo ése que a mi me gusta que es el expreso que va de Lisboa a Hendaya y que tiene coches-cama – Pero a Rafa, en el fondo lo que más le gustaba del verano, eran aquellas noches que con su madre y sus hermanos y a veces con su padre iban a la Alamedilla, a escuchar el concierto que en el templete daba la Banda Municipal, dirigida por un hombre muy alto y muy serio, que, con su mirada, incluso intimidaba a la chiquillería que constantemente hacía ruidos gritando cuando pedían a sus padres helados o barquillos.
De ésta forma, estos niños que muy bien podían representar a la mayoría de los que habitaban aquella vetusta ciudad de Salamanca, pertenecientes a una generación nacida en los años inmediatos a la conclusión de la dramática contienda civil, que había sufrido España, encaraban cada día, aproximándose al final de la niñez y al comienzo de la siempre complicada adolescencia.
viernes, 16 de enero de 2009
Una edad, un tiempo, una ciudad...Salamanca (I)
NIÑEZ
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Ya no es lo mismo (Cuento de Navidad)
Este relato ha conseguido el 2º premio en el Certamen de Cuentos de Navidad para Personas Mayores.
Ver aquí la noticia en Europa Press
Para descargar el relato en pdf haz clic aqui
Ernesto, aquella Navidad ya había cumplido, no hacía mucho, 76 años, y le faltaba desde hace algo más de diez, Aurora, su amiga, su confidente, su esposa y en definitiva su compañera de toda la vida. Su profesión, en la que había alcanzado la jubilación poco antes de que ésta falleciera, era la de funcionario de Correos en calidad de cartero.
Con Aurora había creado una familia compuesta por ellos y dos hijos, Maruja y Paco, siendo con éste y con su mujer Encarna, con los que desde no hacía mucho convivía, ya que Maruja tenía establecida su residencia por circunstancias profesionales de su marido Emilio en otra ciudad.
Mientras la mañana del 22 de Diciembre Ernesto se acicalaba, escuchaba cómo música de fondo en el aparato de radio que su nuera tenía en la cocina, el sonsonete del canto por los Niños del Colegio de San Ildefonso de los premios del Sorteo de la Lotería de Navidad, preludio habitual e inequívoco de las Fiestas que se aproximaban, pensando para sus adentros que desde la implantación del euro la sonoridad del canto del Sorteo no era la misma que con la añorada y nunca olvidada Peseta, y así se lo comentaba mientras desayunaba a su nuera a lo que ésta le respondía –Abuelo ya no es lo mismo y hay que admitirlo, no podemos oponernos a los cambios a los cuales la vida sucesivamente nos va sometiendo- y mascullando ésta reflexión que la mujer de su hijo le había hecho, salió de casa con dirección a la sede de la Asociación de Jubilados que a diario frecuentaba para examinar la prensa diaria y compartir allí la mañana con sus amigos habituales.
Cómo siempre, mediada la mañana y alrededor de la mesa que el grupo de amigos habitualmente compartían, se estableció como de costumbre de manera espontánea la consabida tertulia, surgiendo cómo tema obligado la forma y el espíritu actual de la celebración de las Fiestas que se aproximaban, y todos de una forma u otra coincidían que ahora ya no es lo mismo, pues el recuerdo en la forma de vivirlas que todos tenían de ellas a lo largo de sus ya dilatadas vidas era diferente, coincidiendo muy poco con lo que ahora cada uno observaba en sus respectivas casas y ambientes más próximos.
Eustaquio un veterano ferroviario jubilado decía: –No se parecen en nada la celebración de estos días ni los olores, ni los sabores, ni las formas, ni los sonidos-, extremo que también corroboraba Juan, un artista en su tiempo de la linotipia, quien decía: –Hoy con tanta tecnología en las cocinas, los congelados, precocinados y tanta receta maravillosa, ya no se distinguen los guisos de la Navidad de los del resto del año, por lo que el encanto y la sorpresa de los menús de estos días ya no es lo mismo- y Daniel hombre afable pero serio, pues había trabajado toda su vida en una Notaría afirmaba: –Hoy no hay nada comparable respecto los regalos cómo la maravilla que representaba un caja de mazapán artísticamente decorada que motivaba que se valorase más el continente que el contenido, al igual que el sonido que para alegrar la fiesta emitía de manera tan singular el rasgado de una botella de anís con un objeto metálico – y de ésta forma todos acababan coincidiendo que ya no es lo mismo.
Mientras Ernesto regresaba a casa acompañado de Jacinto, una bellísima persona y un verdadero amigo, al cual la vida no le había tratado de una forma justa considerando su extraordinaria calidad cómo persona, hecho que realmente se produce con demasiada frecuencia, comentaban los diferentes aspectos del contenido de la tertulia a la que ambos acababan de asistir y si bien los dos coincidían que ya no es lo mismo, Jacinto le hacía saber a su amigo y también su mejor confidente: –Cómo habrás observado no he participado mucho en la conversación pues de sobra sabes que desde hace mucho tiempo mis preocupaciones son otras y mi ideal e ilusión de éstas Fiesta es otro- . De sobra sabía Ernesto las dificultades que afrontaba su amigo, pues no desconocía que a pesar de haber sido un gran oficial cerrajero tuvo que acceder a la jubilación después de bastantes años de paro, lo que le había originado una pensión muy escasa, con la cual se veía obligado a sostener una casa en la que convivía con su mujer Eugenia, la cual desde hace tiempo padecía una importante enfermedad crónica, y con el matrimonio formado por su hija Felisa y el marido de ésta Amalio, el cual a pesar de ser un cualificado electricista no encontraba empleo por su constante afición al alcohol, contando éstos a su vez con una hija especialmente seria y formal, pero que a pesar de haber sido una buena estudiante y hallarse bastante bien preparada no acababa de encontrar empleo.
Mientras Ernesto comía compartiendo la mesa con Paco y Encarna, así como con sus nietos los hijos de éstos, Elisa de 18 años y Andrés de 15, no conseguía quitarse de la cabeza los problemas y dificultades de su entrañable amigo Jacinto, y mientras en la mesa el motivo de la conversación eran los pormenores y las anécdotas del Sorteo de la Lotería, él pensaba que verdaderamente ya no es lo mismo, que cómo iba a transmitir a su familia su inquietud por su amigo, pues ellos entendía que tendrían sus propios problemas, proyectos y también dificultades, cómo para plantear él las ansias que albergaba de poder ayudar a su amigo especialmente en aquella fechas previas a la celebración de la Navidad.
El día siguiente del Sorteo, víspera de la Nochebuena, Ernesto se despertó sobresaltado al oír a su nuera que se hallaba en la cocina bastante alterada, comprobando de manera inmediata que el alboroto no era por ningún contratiempo sino por todo lo contrario, pues acababa de llamarla Paco desde la fábrica dónde desempeñaba el cargo de gerente, diciéndole que comprobada la lista del Sorteo de la Lotería, a todos los miembros de la casa, pues todos participaban con alguna cantidad en el número agraciado, les había correspondido un premio aunque no muy grande lo suficiente para darse cada uno en éstas fiestas una pequeña satisfacción.
Cuando aquel día toda la familia de Ernesto se hallaba entorno a le mesa dispuesta a comer, su hijo Paco leyó a todos la Felicitación de Navidad que había recibido de su hermana Encarna y del marido de ésta, y todos se alegraron al saber que a ésta parte de la familia todo les iba afortunadamente bien, pues no es que hubiera un excesivo contacto con ella, pero en éstas Fiestas nunca faltaba la acostumbrada felicitación y a la vez noticias relativas a lo que la vida les iba deparando.
A pesar del bienestar que podía representar tanto la fortuna obtenida en el reciente Sorteo de la Lotería, cómo las gratas noticias recibidas de su hija, Ernesto no acababa de hallarse a gusto y su familia lo detectaba pues no era habitual en él que no se mostrara participativo en las charlas que se establecían cuando toda la familia se encontraba en torno de la mesa. Por ello Encarna que con la convivencia había logrado conocer bastante bien a su suegro no pudo contenerse y le dijo –Abuelo ¿se puede saber que le sucede, que durante toda la comida apenas nos ha dicho nada y se muestra un tanto apesadumbrado?, y todos le conocemos lo suficiente como para saber que en Vd. no es habitual que se comporte así-,lo cual inmediatamente provocó que también tanto su hijo cómo los dos nietos manifestaran su inquietud.
Ernesto cuando ya acababa la comida, se decidió a contarles el motivo de la contrariedad que le preocupaba y que no era otro que ante el bienestar que el disfrutaba y que toda su familia allí presente día a día le proporcionaban, no encontraba la forma de poder ayudar a su amigo Jacinto, pasando a continuación a exponerles los pormenores de la precaria situación en la que éste desde hacía tiempo se encontraba, de la cual Paco y Encarna ya sabían pues en alguna ocasión algo les había contado, y acabó diciéndoles –Mi amigo el problema lo sufre todo el año pero parece que en éstas fechas navideñas la sensibilidad es más intensa y mi disposición de ayudarle es mayor pero no acierto a encontrar la forma de hacerlo-,y con esto finalizó la sobremesa , partiendo cada uno hacia sus respectivas obligaciones.
Aquella tarde después de comer, Ernesto no conseguía conciliar el sueño en la pequeña siesta que tenía por costumbre disfrutar todos los días en su sillón preferido, dándole vueltas una y otra vez a la situación en la que su entrañable amigo se hallaba, y pensaba: -No se para que les he contado todo esto a mi gente pues bastante tienen ellos con sus obligaciones y responsabilidades diarias- y continuaba reflexionando, -a veces creo que la vida es cómo antes y ya no es lo mismo, cada uno afronta sus problemas y no es que tenga disposición de ayudar a los demás, es que no se tiene ni para escuchar o propiciar una palabra que pueda reconfortar-.
La mañana del día de Nochebuena cuando Ernesto se disponía a salir para felicitar las fiestas a su cuadrilla de amigos Encarna le dijo –Abuelo, espere un momento que tengo un encargo de Paco y de Elisa para usted- y entonces le dijo que Paco había conseguido en la fábrica un puesto de administrativa para la nieta de Jacinto al que se tenía que incorporar el próximo 1º de Enero, y a la vez le dio para Amalio, el yerno de su amigo, una tarjeta con una dirección a la que inmediatamente se tendría que presentar para un posible trabajo, y finalmente, Encarna le hizo saber que su nieta Elisa estaba gestionando por medio de una Asociación de Ayuda Social que desde hace tiempo frecuentaba, el que a la familia de su amigo se le proporcionara una persona que pudiera ayudarles en su domicilio y paliar de ésta forma el desacarreo que tanto él como su hija Felisa tenían con la enfermedad de su mujer.
No se había recuperado todavía Ernesto de la alegría que representaba poder transmitir un día como aquel tan buenas noticias a Jacinto, su amigo del alma, cuando su nuera le hizo entrega de una aparatosa bolsa de un supermercado cercano llena de productos y viandas propias de aquellos días de Navidad, diciéndole: –Esto se lo haga llegar a su amigo de la manera más discreta, y para evitar herirle en su justificado orgullo, le dice que cómo omitimos darle una participación en el numero de la Lotería que resultó premiado, que admita éste obsequio cómo disculpa junto con la felicitación de las fiestas navideñas de toda la familia-.
Abrumado por la comprensión y disposición que de manera tan inmediata Ernesto había hallado en su querida familia, decidió encaminarse a casa de su amigo Jacinto antes de visitar el Hogar de la Asociación, y mientras caminaba pensaba que si bien ya no es lo mismo, tal vez esto fuera solo, afortunadamente, en lo superficial y que la sociedad actual todavía, al margen de la aparente frivolidad que pudiera apreciarse, conservaba en lo más íntimo sentimientos cómo los buenos deseos hacia los demás, la solidaridad, la sincera amistad, y sobre todo el respeto. Si la Navidad al margen de la fe y de las creencias más o menos profundas y siempre respetables que cada uno pueda tener servía para demostrar estos, bienvenidas fueran siempre estas celebraciones, en las que el hombre cada año puede aprovecharlas para renovar sus buenos propósitos. Concluía Ernesto en su íntima reflexión, mientras se acercaba a la casa de su amigo Jacinto, si bien todo ya no es lo mismo tal vez sea porque en el ánimo del hombre está el cambiar constantemente y ojalá siempre lo consiga para mejor.
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Ernesto, aquella Navidad ya había cumplido, no hacía mucho, 76 años, y le faltaba desde hace algo más de diez, Aurora, su amiga, su confidente, su esposa y en definitiva su compañera de toda la vida. Su profesión, en la que había alcanzado la jubilación poco antes de que ésta falleciera, era la de funcionario de Correos en calidad de cartero.
Con Aurora había creado una familia compuesta por ellos y dos hijos, Maruja y Paco, siendo con éste y con su mujer Encarna, con los que desde no hacía mucho convivía, ya que Maruja tenía establecida su residencia por circunstancias profesionales de su marido Emilio en otra ciudad.
Mientras la mañana del 22 de Diciembre Ernesto se acicalaba, escuchaba cómo música de fondo en el aparato de radio que su nuera tenía en la cocina, el sonsonete del canto por los Niños del Colegio de San Ildefonso de los premios del Sorteo de la Lotería de Navidad, preludio habitual e inequívoco de las Fiestas que se aproximaban, pensando para sus adentros que desde la implantación del euro la sonoridad del canto del Sorteo no era la misma que con la añorada y nunca olvidada Peseta, y así se lo comentaba mientras desayunaba a su nuera a lo que ésta le respondía –Abuelo ya no es lo mismo y hay que admitirlo, no podemos oponernos a los cambios a los cuales la vida sucesivamente nos va sometiendo- y mascullando ésta reflexión que la mujer de su hijo le había hecho, salió de casa con dirección a la sede de la Asociación de Jubilados que a diario frecuentaba para examinar la prensa diaria y compartir allí la mañana con sus amigos habituales.
Cómo siempre, mediada la mañana y alrededor de la mesa que el grupo de amigos habitualmente compartían, se estableció como de costumbre de manera espontánea la consabida tertulia, surgiendo cómo tema obligado la forma y el espíritu actual de la celebración de las Fiestas que se aproximaban, y todos de una forma u otra coincidían que ahora ya no es lo mismo, pues el recuerdo en la forma de vivirlas que todos tenían de ellas a lo largo de sus ya dilatadas vidas era diferente, coincidiendo muy poco con lo que ahora cada uno observaba en sus respectivas casas y ambientes más próximos.
Eustaquio un veterano ferroviario jubilado decía: –No se parecen en nada la celebración de estos días ni los olores, ni los sabores, ni las formas, ni los sonidos-, extremo que también corroboraba Juan, un artista en su tiempo de la linotipia, quien decía: –Hoy con tanta tecnología en las cocinas, los congelados, precocinados y tanta receta maravillosa, ya no se distinguen los guisos de la Navidad de los del resto del año, por lo que el encanto y la sorpresa de los menús de estos días ya no es lo mismo- y Daniel hombre afable pero serio, pues había trabajado toda su vida en una Notaría afirmaba: –Hoy no hay nada comparable respecto los regalos cómo la maravilla que representaba un caja de mazapán artísticamente decorada que motivaba que se valorase más el continente que el contenido, al igual que el sonido que para alegrar la fiesta emitía de manera tan singular el rasgado de una botella de anís con un objeto metálico – y de ésta forma todos acababan coincidiendo que ya no es lo mismo.
Mientras Ernesto regresaba a casa acompañado de Jacinto, una bellísima persona y un verdadero amigo, al cual la vida no le había tratado de una forma justa considerando su extraordinaria calidad cómo persona, hecho que realmente se produce con demasiada frecuencia, comentaban los diferentes aspectos del contenido de la tertulia a la que ambos acababan de asistir y si bien los dos coincidían que ya no es lo mismo, Jacinto le hacía saber a su amigo y también su mejor confidente: –Cómo habrás observado no he participado mucho en la conversación pues de sobra sabes que desde hace mucho tiempo mis preocupaciones son otras y mi ideal e ilusión de éstas Fiesta es otro- . De sobra sabía Ernesto las dificultades que afrontaba su amigo, pues no desconocía que a pesar de haber sido un gran oficial cerrajero tuvo que acceder a la jubilación después de bastantes años de paro, lo que le había originado una pensión muy escasa, con la cual se veía obligado a sostener una casa en la que convivía con su mujer Eugenia, la cual desde hace tiempo padecía una importante enfermedad crónica, y con el matrimonio formado por su hija Felisa y el marido de ésta Amalio, el cual a pesar de ser un cualificado electricista no encontraba empleo por su constante afición al alcohol, contando éstos a su vez con una hija especialmente seria y formal, pero que a pesar de haber sido una buena estudiante y hallarse bastante bien preparada no acababa de encontrar empleo.
Mientras Ernesto comía compartiendo la mesa con Paco y Encarna, así como con sus nietos los hijos de éstos, Elisa de 18 años y Andrés de 15, no conseguía quitarse de la cabeza los problemas y dificultades de su entrañable amigo Jacinto, y mientras en la mesa el motivo de la conversación eran los pormenores y las anécdotas del Sorteo de la Lotería, él pensaba que verdaderamente ya no es lo mismo, que cómo iba a transmitir a su familia su inquietud por su amigo, pues ellos entendía que tendrían sus propios problemas, proyectos y también dificultades, cómo para plantear él las ansias que albergaba de poder ayudar a su amigo especialmente en aquella fechas previas a la celebración de la Navidad.
El día siguiente del Sorteo, víspera de la Nochebuena, Ernesto se despertó sobresaltado al oír a su nuera que se hallaba en la cocina bastante alterada, comprobando de manera inmediata que el alboroto no era por ningún contratiempo sino por todo lo contrario, pues acababa de llamarla Paco desde la fábrica dónde desempeñaba el cargo de gerente, diciéndole que comprobada la lista del Sorteo de la Lotería, a todos los miembros de la casa, pues todos participaban con alguna cantidad en el número agraciado, les había correspondido un premio aunque no muy grande lo suficiente para darse cada uno en éstas fiestas una pequeña satisfacción.
Cuando aquel día toda la familia de Ernesto se hallaba entorno a le mesa dispuesta a comer, su hijo Paco leyó a todos la Felicitación de Navidad que había recibido de su hermana Encarna y del marido de ésta, y todos se alegraron al saber que a ésta parte de la familia todo les iba afortunadamente bien, pues no es que hubiera un excesivo contacto con ella, pero en éstas Fiestas nunca faltaba la acostumbrada felicitación y a la vez noticias relativas a lo que la vida les iba deparando.
A pesar del bienestar que podía representar tanto la fortuna obtenida en el reciente Sorteo de la Lotería, cómo las gratas noticias recibidas de su hija, Ernesto no acababa de hallarse a gusto y su familia lo detectaba pues no era habitual en él que no se mostrara participativo en las charlas que se establecían cuando toda la familia se encontraba en torno de la mesa. Por ello Encarna que con la convivencia había logrado conocer bastante bien a su suegro no pudo contenerse y le dijo –Abuelo ¿se puede saber que le sucede, que durante toda la comida apenas nos ha dicho nada y se muestra un tanto apesadumbrado?, y todos le conocemos lo suficiente como para saber que en Vd. no es habitual que se comporte así-,lo cual inmediatamente provocó que también tanto su hijo cómo los dos nietos manifestaran su inquietud.
Ernesto cuando ya acababa la comida, se decidió a contarles el motivo de la contrariedad que le preocupaba y que no era otro que ante el bienestar que el disfrutaba y que toda su familia allí presente día a día le proporcionaban, no encontraba la forma de poder ayudar a su amigo Jacinto, pasando a continuación a exponerles los pormenores de la precaria situación en la que éste desde hacía tiempo se encontraba, de la cual Paco y Encarna ya sabían pues en alguna ocasión algo les había contado, y acabó diciéndoles –Mi amigo el problema lo sufre todo el año pero parece que en éstas fechas navideñas la sensibilidad es más intensa y mi disposición de ayudarle es mayor pero no acierto a encontrar la forma de hacerlo-,y con esto finalizó la sobremesa , partiendo cada uno hacia sus respectivas obligaciones.
Aquella tarde después de comer, Ernesto no conseguía conciliar el sueño en la pequeña siesta que tenía por costumbre disfrutar todos los días en su sillón preferido, dándole vueltas una y otra vez a la situación en la que su entrañable amigo se hallaba, y pensaba: -No se para que les he contado todo esto a mi gente pues bastante tienen ellos con sus obligaciones y responsabilidades diarias- y continuaba reflexionando, -a veces creo que la vida es cómo antes y ya no es lo mismo, cada uno afronta sus problemas y no es que tenga disposición de ayudar a los demás, es que no se tiene ni para escuchar o propiciar una palabra que pueda reconfortar-.
La mañana del día de Nochebuena cuando Ernesto se disponía a salir para felicitar las fiestas a su cuadrilla de amigos Encarna le dijo –Abuelo, espere un momento que tengo un encargo de Paco y de Elisa para usted- y entonces le dijo que Paco había conseguido en la fábrica un puesto de administrativa para la nieta de Jacinto al que se tenía que incorporar el próximo 1º de Enero, y a la vez le dio para Amalio, el yerno de su amigo, una tarjeta con una dirección a la que inmediatamente se tendría que presentar para un posible trabajo, y finalmente, Encarna le hizo saber que su nieta Elisa estaba gestionando por medio de una Asociación de Ayuda Social que desde hace tiempo frecuentaba, el que a la familia de su amigo se le proporcionara una persona que pudiera ayudarles en su domicilio y paliar de ésta forma el desacarreo que tanto él como su hija Felisa tenían con la enfermedad de su mujer.
No se había recuperado todavía Ernesto de la alegría que representaba poder transmitir un día como aquel tan buenas noticias a Jacinto, su amigo del alma, cuando su nuera le hizo entrega de una aparatosa bolsa de un supermercado cercano llena de productos y viandas propias de aquellos días de Navidad, diciéndole: –Esto se lo haga llegar a su amigo de la manera más discreta, y para evitar herirle en su justificado orgullo, le dice que cómo omitimos darle una participación en el numero de la Lotería que resultó premiado, que admita éste obsequio cómo disculpa junto con la felicitación de las fiestas navideñas de toda la familia-.
Abrumado por la comprensión y disposición que de manera tan inmediata Ernesto había hallado en su querida familia, decidió encaminarse a casa de su amigo Jacinto antes de visitar el Hogar de la Asociación, y mientras caminaba pensaba que si bien ya no es lo mismo, tal vez esto fuera solo, afortunadamente, en lo superficial y que la sociedad actual todavía, al margen de la aparente frivolidad que pudiera apreciarse, conservaba en lo más íntimo sentimientos cómo los buenos deseos hacia los demás, la solidaridad, la sincera amistad, y sobre todo el respeto. Si la Navidad al margen de la fe y de las creencias más o menos profundas y siempre respetables que cada uno pueda tener servía para demostrar estos, bienvenidas fueran siempre estas celebraciones, en las que el hombre cada año puede aprovecharlas para renovar sus buenos propósitos. Concluía Ernesto en su íntima reflexión, mientras se acercaba a la casa de su amigo Jacinto, si bien todo ya no es lo mismo tal vez sea porque en el ánimo del hombre está el cambiar constantemente y ojalá siempre lo consiga para mejor.
martes, 9 de diciembre de 2008
Le habían enseñado...
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El había nacido en los años inmediatos a la terminación de la Contienda Civil que había vivido España entre los años 1936-1939, en el seno de una familia numerosa, humilde, honrada y trabajadora, cuya residencia se hallaba en una capital castellana de importante tradición universitaria.
Le habían enseñado y él había aprendido a sobrevivir cada día con las carencias propias que caracterizan a una postguerra, asumiendo como algo natural la alimentación, el vestido y confort doméstico que entonces era considerado habitual en aquel momento y en aquella ciudad.
Igualmente le habían enseñado y él había aprendido en su entorno familiar, en la escuela pública a la que acudía y durante su asistencia a algunas de las organizaciones que de diferente índole frecuentaba, a valorar el respeto principalmente a los mayores y a los educadores, que todo a lo que se deseaba aspirar, el único medio de conseguirlo era el trabajo constante, y que el camino más eficaz para todo ello era la constancia en el estudio y la obtención de una buena formación.
Pero también le habían enseñado y él había aprendido, que era necesario contribuir cuanto antes a la ayuda de la precaria economía familiar, situación muy común en aquellos años de grandes carencias y grandes sacrificios, motivo por el cual, aún en la edad escolar, realizaba diferentes servicios o trabajos que reportaban a su familia una pequeña ayuda.
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Le habían asimismo enseñado y él había aprendido, que concluida la denominada entonces Enseñanza Primaria, aproximadamente a la edad de los 14 años, se hacía necesario iniciarse en la vida laboral, mediante el aprendizaje de un oficio y a la vez comenzar a reportar a la familia unos ingresos estables que permitieran a ésta poder atender la demanda de las necesidades más elementales, que cada vez iban siendo mayores al incrementarse la edad de todos sus componentes.
Le habían enseñado y él había aprendido, que la superación del individuo venía inevitablemente propiciada por la consecución de una constante e ininterrumpida formación, la cual en ningún momento podía considerarse concluida con la obtenida al finalizar aquella edad escolar de los 14 años, todo lo cual obligaba a que tuviera que ser necesariamente compatible el trabajo de aquella época, con la asistencia a escuelas o academias nocturnas, gratuitas o asequibles económicamente, para conseguir una mayor formación que a su vez pudiera deparar un mejor trabajo y por consiguiente una mejor retribución.
Más adelante le enseñaron y él aprendió, que la independencia y la autonomía en la vida la proporcionaba el constante afán de superación, tanto en los sucesivos trabajos que iba realizando, asumiendo la responsabilidad que los mismos conllevaban, así como no poniendo límites al conocimiento de las diferentes enseñanzas tanto de carácter humano como de cualquiera otra índole social o estrictamente profesional.
Llegado el momento que entonces la familia y la sociedad entendía adecuado y conforme a lo que igualmente le habían enseñado y él había aprendido, creó su propia familia hallando la esposa que siempre, teniendo en cuenta el concepto que él tenía de los distintos valores humanos, había idealizado, completándola más adelante con dos hijos, que para él comenzaron a representar una ilusión tan grande que a día de hoy aún no se ha interrumpido.
Conforme le habían enseñado y él había aprendido, su objetivo en aquellos años que se iban sucediendo, no era otro que mediante el trabajo diario, conseguir el mayor bienestar para aquella familia que él encabezaba, ilusionándole el poder proporcionárselo, pero abrigando en su interior la esperanza de que sus hijos tuvieran acceso a la mejor formación tanto humana como cultural e intelectual.
Según le habían enseñado y él había aprendido, los resultados de perseverar en una determinad actitud en la vida no se obtienen de forma inmediata, pues resulta inevitable afrontar los imprevistos y los contratiempos, pero él ahora contemplaba a sus hijos realizando sus diferentes estudios universitarios.
A él le habían igualmente enseñado y él había aprendido, que las fuentes del conocimiento podían proceder de cualquiera, y en este caso observó que ahora eran sus hijos los que con su amplia formación empezaban a proporcionarle distintas enseñanzas a las cuales era receptivo, pues a su capacidad de asumir nuevos y constantes conocimientos todavía no se había puesto límite.
El siempre había querido saber, pero constantemente le contrariaba en sus reflexiones más íntimas el hecho de que habiendo nacido y desarrollado toda su vida en una ciudad de gran raigambre universitaria, no hubiera tenido nunca la posibilidad de tener acceso a una enseñanza universitaria, que atendiendo a sus inquietudes la permitiera conocer de forma más amplia las diferencias del Arte Románico con respecto al Arte Gótico, las peculiaridades y ricas enseñanzas en la Psicología, de la maravilla que representa el profundizar en el conocimiento de las Relaciones Interpersonales, el estudio apasionado de la Historia de las Religiones, etc.
Finalmente a él le habían enseñado y él había aprendido que nunca es demasiado tarde para conseguir aquella ilusión que cualquier persona tiene derecho a albergar, aunque durante mucho tiempo haya podido considerarse una utopía, y ahora él tiene ocasión de incrementar su saber aunque ya no puede ser para enseñar, pero sí para enriquecerse en sus ansias de disfrutar de esa cultura que tanto puede engrandecer al ser humano y que hoy la sociedad no valora adecuadamente.
Le habían enseñado y él había aprendido a sobrevivir cada día con las carencias propias que caracterizan a una postguerra, asumiendo como algo natural la alimentación, el vestido y confort doméstico que entonces era considerado habitual en aquel momento y en aquella ciudad.
Igualmente le habían enseñado y él había aprendido en su entorno familiar, en la escuela pública a la que acudía y durante su asistencia a algunas de las organizaciones que de diferente índole frecuentaba, a valorar el respeto principalmente a los mayores y a los educadores, que todo a lo que se deseaba aspirar, el único medio de conseguirlo era el trabajo constante, y que el camino más eficaz para todo ello era la constancia en el estudio y la obtención de una buena formación.
Pero también le habían enseñado y él había aprendido, que era necesario contribuir cuanto antes a la ayuda de la precaria economía familiar, situación muy común en aquellos años de grandes carencias y grandes sacrificios, motivo por el cual, aún en la edad escolar, realizaba diferentes servicios o trabajos que reportaban a su familia una pequeña ayuda.
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Le habían asimismo enseñado y él había aprendido, que concluida la denominada entonces Enseñanza Primaria, aproximadamente a la edad de los 14 años, se hacía necesario iniciarse en la vida laboral, mediante el aprendizaje de un oficio y a la vez comenzar a reportar a la familia unos ingresos estables que permitieran a ésta poder atender la demanda de las necesidades más elementales, que cada vez iban siendo mayores al incrementarse la edad de todos sus componentes.
Le habían enseñado y él había aprendido, que la superación del individuo venía inevitablemente propiciada por la consecución de una constante e ininterrumpida formación, la cual en ningún momento podía considerarse concluida con la obtenida al finalizar aquella edad escolar de los 14 años, todo lo cual obligaba a que tuviera que ser necesariamente compatible el trabajo de aquella época, con la asistencia a escuelas o academias nocturnas, gratuitas o asequibles económicamente, para conseguir una mayor formación que a su vez pudiera deparar un mejor trabajo y por consiguiente una mejor retribución.
Más adelante le enseñaron y él aprendió, que la independencia y la autonomía en la vida la proporcionaba el constante afán de superación, tanto en los sucesivos trabajos que iba realizando, asumiendo la responsabilidad que los mismos conllevaban, así como no poniendo límites al conocimiento de las diferentes enseñanzas tanto de carácter humano como de cualquiera otra índole social o estrictamente profesional.
Llegado el momento que entonces la familia y la sociedad entendía adecuado y conforme a lo que igualmente le habían enseñado y él había aprendido, creó su propia familia hallando la esposa que siempre, teniendo en cuenta el concepto que él tenía de los distintos valores humanos, había idealizado, completándola más adelante con dos hijos, que para él comenzaron a representar una ilusión tan grande que a día de hoy aún no se ha interrumpido.
Conforme le habían enseñado y él había aprendido, su objetivo en aquellos años que se iban sucediendo, no era otro que mediante el trabajo diario, conseguir el mayor bienestar para aquella familia que él encabezaba, ilusionándole el poder proporcionárselo, pero abrigando en su interior la esperanza de que sus hijos tuvieran acceso a la mejor formación tanto humana como cultural e intelectual.
Según le habían enseñado y él había aprendido, los resultados de perseverar en una determinad actitud en la vida no se obtienen de forma inmediata, pues resulta inevitable afrontar los imprevistos y los contratiempos, pero él ahora contemplaba a sus hijos realizando sus diferentes estudios universitarios.
A él le habían igualmente enseñado y él había aprendido, que las fuentes del conocimiento podían proceder de cualquiera, y en este caso observó que ahora eran sus hijos los que con su amplia formación empezaban a proporcionarle distintas enseñanzas a las cuales era receptivo, pues a su capacidad de asumir nuevos y constantes conocimientos todavía no se había puesto límite.
El siempre había querido saber, pero constantemente le contrariaba en sus reflexiones más íntimas el hecho de que habiendo nacido y desarrollado toda su vida en una ciudad de gran raigambre universitaria, no hubiera tenido nunca la posibilidad de tener acceso a una enseñanza universitaria, que atendiendo a sus inquietudes la permitiera conocer de forma más amplia las diferencias del Arte Románico con respecto al Arte Gótico, las peculiaridades y ricas enseñanzas en la Psicología, de la maravilla que representa el profundizar en el conocimiento de las Relaciones Interpersonales, el estudio apasionado de la Historia de las Religiones, etc.
Finalmente a él le habían enseñado y él había aprendido que nunca es demasiado tarde para conseguir aquella ilusión que cualquier persona tiene derecho a albergar, aunque durante mucho tiempo haya podido considerarse una utopía, y ahora él tiene ocasión de incrementar su saber aunque ya no puede ser para enseñar, pero sí para enriquecerse en sus ansias de disfrutar de esa cultura que tanto puede engrandecer al ser humano y que hoy la sociedad no valora adecuadamente.
Nuestro hombre concluida su vida laboral y obtenida la jubilación disfruta con júbilo (nunca una expresión así encajó tan bien) de su condición de Alumno de la Universidad de su vieja y querida ciudad, anhelo que él tuvo permanentemente desde su juventud y que más tarde avivó con los estudios universitarios de sus hijos y las enseñanzas que ellos obtenían. Todo ello lo ha podido lograr por medio de la realización del acertado y brillante proyecto que representa el Programa Interuniversitaro de la Experiencia de Castilla y León.
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