viernes, 20 de marzo de 2009

Una edad, un tiempo, una ciudad...Salamanca (II)


ADOLESCENCIA



Cómo su hermano Juli ya llevaba dos años trabajando, al igual que su padre, en el ramo de la hostelería, Mati se veía obligado, ya en su último año de escuela, a colaborar cada vez más en las tareas del hogar, pues su madre cada día se hallaba con la salud más precaria, y el pequeño Santi necesitaba más tiempo para realizar los deberes escolares y asistir a la catequesis preparatoria de la primera comunión, siendo estos los motivos por los que no frecuentaba todo lo que el deseaba a su grupo de amigos especialmente a Rafa




Cuando una tarde, un tanto tormentosa, del mes de Septiembre Mati acompañaba a su madre al dispensario que los Jesuitas tenían en el Barrio de La Prosperidad, concretamente en la Calle Vergara, para que le pusieran una inyección, se encontró con Rafa y éste le propuso: – ¿Por qué no quedamos más tarde para ir a los Jardines de Las Salesas y después de ver allí la salida de los toros nos damos una vuelta por las Ferias? - Entonces Mati miró a su madre para ver por su semblante que le parecía, pero ésta, que a pesar de su deficiente estado de salud, nunca quería condicionar la vida de los suyos, le dijo: –Sabes que una vez que volvamos del dispensario ya no te voy a necesitar, pues si el nublado no va a más me iré con Santi y el abuelo -que había venido a pasar las Ferias-, a sentarnos en uno de los bancos del Paseo del Rollo cerca del Hogar Cuna- De esta forma los dos amigos pudieron concretar el programa de aquella tarde.

En aquella Salamanca, el mes de Septiembre, con la celebración de las Ferias y Fiestas, tenía para todos, grandes y pequeños, un atractivo muy especial, pues en aquellos días la actividad de los mayores disminuía y los más pequeños acudían a la escuela solo por las mañanas, siendo frecuentada la ciudad por gente de la provincia, la cual una vez recogida la cosecha de los diferentes productos, llegaba de sus pueblos en trenes especiales que hacían parada algunos de ellos en el apeadero de la Calle María Auxiliadora próximo al Cine Taramona ó en Coches de Línea cuyo final de trayecto lo tenían en el Garaje San Isidro, el Arroyo de Santo Domingo y en las inmediaciones del Mercado de San Juan, y disfrutaba visitando a familiares que no podían ver durante todo el año y, haciendo cada uno el exceso económico que estaba a su alcance, acudían a los espectáculos que aquellos días se ofrecían; bien a La Glorieta a presenciar el desenjaule o alguna corrida de toros, bien a ver a las denominadas Compañías de Revista, que actuaban en los distintos teatros el Gran Vía, el Liceo, el Bretón ó el Coliseo, acabando siempre la jornada en el lugar dónde se instalaban las Atracciones de Feria, unas veces en la Gran Vía ó el Paseo Carmelitas, otras en los alrededores de La Alamedilla, mas tarde en la Avenida de Portugal y en la Carretera de Ledesma y alguna vez en la prolongación de la Avenida de Federico Anaya.

Rafa y Mati, cómo los demás adolescentes, disfrutaban de aquel ambiente que siempre desencadenaban las Ferias y las Fiestas de su ciudad, pues para ellos entonces era mucho el tiempo que transcurría de un año para otro y el final de las mismas llegaba rápidamente trayendo siempre consigo la monotonía y la rutina. Pero aquel año bien por el grado de independencia que iban alcanzando o por el despertar de nuevas y desconocidas sensaciones, ambos muchachos participaban y disfrutaban con más ilusión. Por las mañanas algún día quedaban para ir al Edificio de la Cárcel Vieja, que se hallaba al final de la Cuesta Sancti Spiritus, para ver la salida de los Cabezudos, especialmente los conocidos como el Padre Lucas y la Lechera, después se acercaban a la Plaza Mayor a escuchar el concierto de la Banda Municipal y presenciar también el lanzamiento de cohetes y globos grotescos, e incluso un día acompañados por el abuelo de Mati, fueron al Mercado de Ganado, que en aquella época se establecía en las inmediaciones del Barrio del Arrabal, no faltando ningún día a las atracciones de la Feria, aunque solamente fuera para verlas, puesto que los recursos económicos y los vales gratuitos no duraban para todos los días.

En los diferentes barrios de la ciudad, aquellos días tenían lugar sesiones de cine al aire libre así cómo verbenas, por lo que tanto Mati cómo Rafa tenían que convencer a sus padres para que les dejaran asistir, permiso que conseguían pero condicionado a que llevaran a alguno de los hermanos pequeños. Rafa llevaba a Angelito y a Nines y Mati por su parte a Santi.

A los dos amigos les contrariaba bastante asistir a estas celebraciones acompañando y cuidando de parte de la prole familiar, puesto que les impedía estar con el resto de los amigos que componían la pandilla, y al mismo tiempo acercarse a alguna amistad del otro sexo que conocían del barrio y que, en alguna ocasión a uno o a otro les hacían algo de caso. Con éste motivo le dijo Rafa a su amigo: –Cómo mañana acaban las fiestas con los fuegos artificiales cerca de La Alamedilla y estos tienen algún peligro para los pequeños, si te parece vamos a convencer a nuestros padres para que nos dejen ir solos y de esta manera estamos con quien nos parezca- Mati, chaval bastante observador, adivinaba que lo que Rafa pretendía era que ésa noche los dos haciéndose los encontradizos, presenciar los fuegos artificiales con Isa, aprendiza de un taller de modista que había cerca de su casa y con Paqui, la amiga de ésta, a la que Mati conocía por haber tomado la primera comunión con ella años atrás. De esta forma, los dos muchachos proyectaron acabar aquel año las Ferias y Fiestas de la ciudad.

A Rafa no le fue difícil convencer a su madre, pues ésta ya había decidido que aquella noche iría a los fuegos con Angelito y las dos pequeñas y después se acercarían a la estación a recoger a su padre que aquel día estaba de servicio a Fuentes de Oñoro, pero para Mati resultó más complicado, ya que tenía que llevar los bocadillos de la cena a su padre y a su hermano Juli y su madre, cómo siempre, no se encontraba bien, pero al final el abuelo se comprometió a llevar a los fuegos a Santi y de esta manera liberó a Mati de la obligación de tener que llevarlo él.

De esta manera, los dos amigos, después de entregar los bocadillos al padre y al hermano de Mati se dispusieron a disfrutar de aquella noche para ellos especialmente mágica e ilusionante, dirigiéndose al entorno de la Plaza de España y La Alamedilla a presenciar los fuegos artificiales que clausuraban las Fiestas de aquel año. Primero trataron de localizar a su habitual pandilla de amigos y después, especialmente por parte de Rafa, a Isa y a Paqui, lo cual no resultaba fácil debido a la cantidad de gente que allí había congregada y mucho menos después del estallido del primer cohete y de toda la pirotecnia que vino a continuación. Rafa le decía a su amigo: –¿Tú ves alguno de los nuestros?- y Mati, de forma un tanto socarrona, le contestaba: –No veo a ninguno y tampoco a ninguna- Todo lo cual, unido a los gritos y a la algarabía desencadenada, tenía totalmente desconcertado a Rafa, que pensaba:–Con lo que me hubiera gustado asistir a estos fuegos al lado de Isa y ofrecerle mi protección ante estas explosiones y estruendos- pero el espectáculo continuó y el final del mismo fue para los dos chiquillos una ilusión ansiada, pero en cierto modo frustrada, pues ambos habían deseado compartirla, y de manera especial Rafa, con aquellas chiquillas también adolescentes que en alguna ocasión les habían prestado atención, pero tal vez no tanta cómo los dos muchachos habrían podido pensar.

Así transcurría la vida adolescente de estos muchachos, lo mismo que la de muchos otros en aquella para ellos acogedora ciudad de Salamanca, cuyos limites por un lado los establecía el entrañable Río Tormes con el típico Barrio del Arrabal, por otro el siempre atrayente Barrio de la Prosperidad cercano a la Aldehuela de los Guzmanes, lugar éste de esparcimiento en cualquiera época del año. El resto los límites se hallaban establecidos por la barriada extraordinariamente trabajadora de Los Pizarrales, por el Cementerio de la ciudad y el feudo de El Calvario, recinto éste último dónde los aficionados al fútbol disfrutaban los éxitos y sufrían los fracasos de la por todos querida Unión Deportiva Salamanca, y finalmente el extremo norte de la ciudad lo marcaba una extensión de terreno, en su mayoría todavía de uso agrícola, que comenzaba desde el Cuartel de Ingenieros y la Plaza de Toros hasta la Estación del Ferrocarril, por donde empezaba entonces a emerger el Barrio Garrido.

Rafa y Mati, aquel año afrontaban su último Curso de la Enseñanza Primaria. El primero asistía a una escuela existente contigua al Parque de Bomberos llamada Luís Vives, y Mati recibía sus enseñanzas en el Colegio de los Jesuitas muy próximo al de Rafa, siendo con frecuencia los diferentes centros educativos la causa de alguna discusión entre ellos. Rafa siempre le decía a Mati: –En mi escuela no tenemos patio para el recreo pero podemos estar en la calle y hacer lo que nos dé la gana, además no nos obligan a rezar el rosario y a confesarnos todos los sábados por la tarde y tampoco son tan puntuales cómo en el tuyo para empezar las clases- A todo esto, Mati no tardaba en replicar: –En mi escuela organizamos partidos y campeonatos de fútbol todo el año, tenemos salón de juegos y al finalizar el curso tenemos una fiesta dónde nos reparten diferentes diplomas, también hay un coro que va a cantar a distintos sitios y todos los domingos lo hace en misa de una en La Clerecía- Y con estas disputas los dos amigos pasaban el tiempo y defendían con orgullo y ardor a sus distintas escuelas.

En aquella época, como en tantos siglos ha sucedido, las familias azuzaban a los chavales que ya apuraban su último año en la escuela, para que, aparte de colaborar en casa en la cotidiana vida doméstica, adquirieran una mayor formación, utilizando los precarios medios que entonces podían tener a su alcance. Por ello, Mati había comenzado a asistir a clases de Dibujo Lineal, que entre otras materias se impartían en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos, ubicada en el vetusto edificio de la Cárcel Vieja, donde también tenían su sede los Juzgados de la capital y el Cuerpo de Guardia de la Policía Municipal. Con éste motivo Mati le decía a Rafa: – Me he comprado todo el material para dibujar láminas y croquis y te diré que la enseñanza allí es distinta a la de la escuela; también va gente mayor y de otros barrios. Las dos horas que duran las clases se pasan rápido, además nos han dado un carnet con el cual los sábados podemos asistir allí mismo a una sesión de cine y dicen que, incluso, a final de curso nos llevarán de excursión en tren a Alba de Tormes- Rafa, que por su parte había iniciado un curso de mecanografía, que daba una señora algo mayor en su casa, en la Cuesta de la Raqueta casi enfrente de la trasera del antiguo Salón de Baile El Ideal, le comentaba a Mati: –Son unas clases muy entretenidas, pues tenemos una máquina de escribir para cada uno de los que vamos. Por cierto. sabrás que allí coincido con Paqui la amiga de Isa, y la profesora nos ha asegurado que al final, si superamos un examen, nos dará un Diploma-, además, continuó diciéndole: -Por mediación de mi tío Enrique, voy a ir los martes y los jueves a un taller que enseñan aeromodelismo, que está en un sitio que llaman El Estambul, en la Cuesta del Carmen enfrente del Cine Moderno, y que es algo de La Falange o del Frente de Juventudes y también todos los sábados proporcionan sesiones de cine e, incluso, como premio al final del curso, te facilitan la asistencia a un Campamento de Verano que está por la parte de la Sierra de Gredos– Con esta conversación los dos adolescentes intercambiaban los pormenores de sus respectivas vidas, ilusiones y proyectos. Todo ello tenía cómo escenario aquella capital charra pequeña pero acogedora, con rincones populares y monumentos incomparables que para cada uno de sus habitantes encerraban imborrables recuerdos y vivencias de distintos tiempos, matices y sentimientos.

Entre paseos, e idas y venidas de sus respectivas obligaciones, así se sucedía el día a día en la vida de Rafa y Mati, disfrutando de su adolescencia y compartiendo con sus familias unos días mejores y otros peores, pues las estrecheces eran muchas y las satisfacciones, aunque sencillas, se acababan casi antes de comenzar a saborearlas. Todo esto los muchachos lo superaban con la alegría y la ilusión que su adolescencia les iba deparando, sintiéndose ambos satisfechos, entre otras cosas, con disponer de algunas monedas que, de vez en cuando, les permitieran disputar un futbolín en Salones que al efecto había en Salamanca, uno en la Calle Prior, y otro que denominaban La Gimnástica, en la Calle Espoz y Mina, o dando un paseo por la Plaza, la Alamedilla o incluso por la Carretera de Madrid, según la época del año, tratando de coincidir, para acompañarlas un rato, con alguna amistad femenina; y si se trataba de Isa y Paqui, mucho mejor. Así, estos adolescentes, seguramente sin tener mucha conciencia de ello, se iban acercando a la decisiva etapa de la juventud.

1 comentario:

valentin dijo...

Soy salmantino,aproximadamente tenemos la misma edad, me gustaria contactar contigo para charlar sobre nuestra niñez, adolescencia o juventud. Un saludo, Valentín
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