miércoles, 9 de junio de 2010

Conducción y circulación correcta = Educación + Respeto

Primer Premio en el X Concurso de Redaccion sobre Educación y Seguridad Vial para Personas Mayores.
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Después de, no sin algún esfuerzo, adaptar nuestros hábitos diarios, al estatus de vida que conlleva el haber alcanzado, no sin júbilo, la condición de pensionistas, mi amigo Demetrio y yo, determinamos hace algún tiempo, incluir en el programa que ambos compartimos, llevar a cabo diariamente un paseo matinal por nuestra querida Salamanca.
Nuestros recorridos se caracterizan, porque a priori siempre establecemos itinerarios distintos, unas veces estos transcurren por nuestra admirada y entrañable zona monumental, otras por las espléndidas avenidas que han ido surgiendo, y con bastante frecuencia lo hacemos por barriadas nuevas, o por aquellas que de sobra conocidas por nosotros, su fisonomía, afortunadamente para bien, ha cambiado de manera radical.

Tanto en mi amigo Deme, como en mí, concurre la doble condición de peatones y conductores, los dos seguimos manteniendo la titularidad en vigor del correspondiente permiso de conducir, no en balde, sino ya con mucha frecuencia, continuamos conduciendo nuestros respectivos vehículos, esperando ambos tener el grado de sensatez suficiente, para sabernos diagnosticar a tiempo, la llegada del momento de renunciar a esa importante actividad, como es la conducción responsable de un vehículo de motor.
En nuestras charlas durante esos paseos mañaneros, igual que no faltan las que hacen referencia a lo distinta que es nuestra querida ciudad, de la que nosotros conocimos allá por los años cuarenta del pasado siglo, así como a la problemática y constantemente cambiante situación política y social, siempre por un motivo u otro, no fallan las que corresponden al tráfico en sus diferentes aspectos, algo a lo que los dos somos especialmente sensibles.
Esta mañana cuando accedíamos a una importante avenida, por una calle que desembocaba en ella, observando una pequeña raqueta que se hallaba en la confluencia, me dijo Deme:
“Manolo, comprueba como los contenedores ecológicos, que sin duda su utilidad me parece fantástica, instalados en el lateral de la raqueta que da a la avenida, dificultan la visibilidad de los vehículos que se incorporan a ella por esta calle, pues el ángulo de visión es muy limitado, y como puedes ver, se tienen que arriesgar casi a ciegas a meter el morro para poder así ampliar la visión, lo que trae consigo el peligro de colisión con los vehículos que a su vez circulan por la avenida en el sentido más próximo, los cuales también, por el mismo motivo tienen muy difícil verlos”.



A continuación, yo, asociando el caso expuesto por él, a una situación muy parecida, pero desde la perspectiva del peatón, le he dicho:
“No sé tú, pero estoy en completo desacuerdo con que todavía en muchos lugares, se permita aparcar en los límites de los pasos de cebra, pues lo mismo que el problema que acabas de señalar, ocurre cuando el peatón acomete uno de estos pasos encontrándose en las inmediaciones un vehículo allí aparcado, y no te digo nada si no se trata simplemente de un utilitario. De la misma manera se encuentra con un ángulo de visión reducido, que a la vez que es un importante riesgo para él, también representa lo mismo para el conductor del vehículo que pueda circular próximo al paso de cebra”.
Mi amigo Deme, que es extremadamente observador, casi sin dejarme terminar, añade, -hombre Manolo, eso que tu apuntas, aparte de parecerme muy acertado, entiendo que tendría por la misma razón, que tenerse también en cuenta cuando se establecen las paradas de autobús, pues el que cercano a ellas existan cualquier clase de paso de peatones, cuando estos vehículos se encuentran allí estacionados, originan idéntico problema tanto a peatones como a conductores de otros vehículos”.
A propósito de los autobuses, una mañana de la pasada semana, que haciendo uso de éste servicio público, me acompañó mi amigo al Hospital para recoger los resultados de unas pruebas médicas, afortunadamente para mí favorables, –pues todo hay que decirlo-, conveníamos los dos, que resulta incomprensible que existiendo en nuestra ciudad tan magnífico y amplio servicio no se haga un mayor uso de él.
Es decepcionante, comentábamos en aquel momento, ver que automóviles ocupados, la mayoría de las veces por una sola persona, se empleen para trayectos que muy bien podrían hacerse en tan excelente servicio. Con este comportamiento, considerábamos ambos, que a la vez que se contribuiría a aligerar el importante problema de la contaminación, y a aliviar la economía, igual se haría con el cada vez más denso tráfico existente en la ciudad.
Como por uno u otro motivo, los dos hacemos uso con frecuencia del servicio de autobuses, a veces, y con más frecuencia de la deseada, nos enfadamos con algunas actitudes de los usuarios.
Es inconcebible que algunos no tengan reparo en utilizar los asientos reservados para minusválidos, como en no ceder el asiento a personas que sin mucho esfuerzo se puede apreciar en ellas su debilidad ó incapacidad, al igual que en depositar bultos ó paquetes en asientos contiguos, impidiendo así que estos puedan ser utilizados. Otro aspecto muy irritante es el mal uso que de estos vehículos se suele hacer, que conlleva su prematuro deterioro, como es el que a muchos no les importe reposar los pies en el asiento de enfrente, y emplear premeditadamente objetos que ocasionen en ellos roturas y desgastes innecesarios.
A nuestra edad, un tema siempre recurrente es el que concierne a la educación y al respeto, ya que pertenecemos a una generación que estos valores nos fueron inculcados de forma sobria y exigente. A mi amigo Deme, igual que a mí, pero a él de manera especial, le disgusta cuando comprueba comportamientos que afectan a estos valores. No hace mucho me decía a éste respecto:
“No crees Manolo que tanto el exceso de velocidad, los adelantamientos indebidos, el aparcamiento en doble fila, la utilización para lo mismo de espacios no adecuados, el empleo de altavoces con música estridente, y la utilización de los teléfonos móviles conduciendo, son actitudes, como muchas otras de la misma índole, de absoluto desprecio y de falta de respeto a los demás”, y continuaba, “no deja de ser triste, que para tener conciencia de lo que representan estos comportamientos, haya que pasar por la desagradable experiencia de haber provocado o sido objeto de un accidente derivado de ellos”.
Algo relevante, que asimismo hemos apreciado en nuestros recorridos, y a lo que también le atribuimos cierta importancia, ocurre de manera muy puntual a medida que avanza la primavera, estación que nosotros como tantos otros, consideramos la más bonita del año. Al alcanzar en ésta época la vegetación en la mayorías de árboles y plantas la máxima abundancia y esplendor, ésta en distintos y a veces conflictivos lugares para la circulación, tanto de peatones como de automóviles, oculta o por lo menos dificulta considerablemente, la visión de importantes señales de tráfico e incluso de algunos semáforos.
No hace muchos días, cuando nos encontrábamos caminando por una importante avenida por la que a su vez transcurre una carretera de entrada y salida a la ciudad, observando el tráfico de vehículos, en aquel momento bastante intenso, le hacía a mí amigo la siguiente precisión:
“Deme, no sé si te habrás fijado, pero la mayoría de los conductores, cuando con sus vehículos se aproximan a la ciudad y se adentran en ella, comienzan a ignorar el mantenimiento de la distancia de seguridad y la observancia de la línea continua como impedimento para realizar adelantamientos”. Entonces él, como continuación a lo que yo había apuntado, añadió, -“claro que lo he comprobado, lo mismo que la constante manía de no parar cuando se ha extinguido el verde de los semáforos, y hacer caso omiso de que el ámbar obliga a parar”-, concluyendo, -“si examinas en la prensa la reseña de los accidentes, casi todas las colisiones que se producen son motivadas por lo que tú y yo decimos”-.
No es nada difícil, que cualquiera, andando por la ciudad, vea a diario, innumerables comportamientos inadecuados de conductores y de peatones, que encierran riesgos de los que tanto unos como otros la mayoría de las veces no son conscientes o prefieren no serlo.
El domingo pasado había salido yo a buscar el pan y el periódico, y presencie un hecho que desgraciadamente no es aislado. Delante de mí iba por la acera, un hombre de edad parecida a la mía, y estuvo a punto de ser atropellado por un coche que salía de un garaje allí existente, pero comprobé que coincidieron dos factores importantes. El coche, en efecto, irrumpió en la acera sin excesiva precaución a pesar de tener los diferentes ángulos de visión muy limitados, y sin hacer uso del sistema acústico. Pero también pude observar, que esa persona que me precedía y que pudo ser atropellada, iba haciendo uso de los auriculares que debía tener conectados, a un “MP3” o al modernísimo “IPOD”, y esto sin duda alguna le impedía la audición correcta de los sonidos del entorno.
Cuando al día siguiente, le comente este hecho a mí amigo Deme, él enseguida me dijo al respecto:
“Más de una vez he pensado, que en algunas salidas de garaje, se debería obligar al establecimiento de unos espejos estratégicamente bien colocados, que a esos ángulos de escasa visibilidad les facilitaran y ampliaran la misma”-. Refiriéndose a la excesiva proliferación y uso de esos artilugios de sonido, añadió, -“tampoco estaría de más, que la gente tomara también conciencia del impedimento que resulta ir a ellos constantemente conectado, pues además de agravar todavía más la falta de comunicación existente en la sociedad actual, da pavor ver con qué alegría y sin prestar la debida atención, cruzan calles y avenidas absorbidos por el ruido de esos aparatos, y no te digo nada si encima van en un vehículo de dos ruedas”.
Concerniente a los vehículos de dos ruedas, no es tampoco nada difícil comprobar diariamente, como bastantes de los que los conducen, actúan ignorando las distintas señales de tráfico, interpretando que las mismas no van con ellos. Esta forma de proceder, no es solo origen de constantes y graves accidentes que afecten a sus usuarios, sino que la mayoría de las veces implican y de forma importante, a peatones y conductores de otros vehículos.
Recientemente comentando Deme y yo, la interesante novedad que de cara al futuro inmediato representa el establecimiento en nuestra ciudad del carril-bici, me hacía mi observador amigo la siguiente precisión:
“A mí en efecto, la obra que ha creado este espacio, me ha parecido buena y necesaria, -pero a continuación puntualizaba-, es imprescindible que se halle señalizado de manera conveniente, y que en su uso coincida de manera recíproca, el respeto tanto de ciclistas como de peatones”. Finalizaba mi amigo afirmando, y haciendo especial hincapié-, “que lo que es extraordinariamente importante, es que los primeros cuando lo utilicen, de manera permanente tengan presente, que el carril-bici no está para prepararse para el Tour de Francia, ni para batir ningún record, pues no deben descartar que en sus aledaños deambularan personas con facultades mermadas y reflejos considerablemente disminuidos”.
No hace muchos días, paseando una mañana que llovía, llamó nuestra atención que en un paso de peatones señalizado con semáforos, la mayoría de la gente huyendo del aguacero, lo cruzaban sin respetar la prohibición que determinaba para los peatones el semáforo. Este es un hecho habitual que aunque no llueva y se trate de un día espléndido siempre lamentablemente se produce, lo mismo que cruzar por lugares no adecuados, y que acarrea gran peligro o al menos un buen susto, tanto para el peatón como para los conductores.
Pero el objeto primordial de nuestra atención aquel día y en aquel momento, no fue por el comportamiento harto frecuente, anteriormente señalado, sino porque una mamá que allí se encontraba dando la mano a su pequeño, se esforzaba en retener a este, pues el mismo viendo que el resto de la gente cruzaba, la apremiaba para hacerlo también sin esperar la señal del semáforo. Así fue como después, mi amigo me hacía la siguiente reflexión:
“La actitud de esa madre, Manolo, sí que es una verdadera manera práctica de hacer pedagogía, y no a la que como tal a diario se califica de forma demagógica a determinados hechos y comportamientos”. Y concluía diciéndome, “que mejor oportunidad para aleccionar a un hijo de manera adecuada, ante un caso real que puede tener un desenlace con peligro igualmente real, aunque a veces lo cómodo es imitar el comportamiento de los demás, sin considerar la importancia del ejemplo que a un menor se pueda transmitir”.
En días lluviosos parecidos al del hecho anteriormente consignado, Deme y yo, nos llevamos unos enfados considerables. Esto es motivado porque esperando a cruzar por los pasos de peatones, al haber en ellos o en sus inmediaciones baches y pequeños socavones en el firme, se forman grandes charcos, que al irrumpir en los mismos los vehículos, a los que estamos esperando para cruzar, como antes señalo, nos dejan la indumentaria para llevarla a la tintorería.
Sino muy frecuentemente, sí a lo largo de nuestras caminatas, hemos observado el establecimiento de controles por la Policía Municipal, en los que se lleva a cabo la comprobación de la documentación tanto de conductores como de los vehículos. Esta tarea aunque sin duda molesta para el ciudadano, nosotros por nuestra dilatada experiencia, nos parece muy necesaria.
La verificación de los diferentes documentos entendemos que debe ser respetada y elogiada por todos. Es indudable, que aspectos como la posesión del permiso de conducir en vigor, la titularidad correcta del vehículo, el tener al día la inspección técnica periódica de éste, al igual que la importancia de la vigencia de la póliza del seguro, repercute de manera muy determinante en todos los ciudadanos, sean peatones o conductores.
En lo que también insiste mucho mi amigo Demetrio, sobre todo cuando presencia hechos como el aprovechamiento de los vados para aparcamiento por parte de sus titulares, el indebido uso de aparcamientos para minusválidos, o el estacionamiento en pasos señalados para peatones, en que a su juicio, se hace muy necesaria la permanente presencia de forma peatonal de la Policía Municipal. El cree que intensificando de esta manera su función, la misma sería extraordinariamente mucho más eficaz, pues hay comportamientos que es difícil detectarlos patrullando desde un vehículo.
Yo finalmente creo, que no estableciendo límites ni peatones ni conductores al empleo de la educación y el respeto, y a la vez las autoridades competentes, continuando con el esfuerzo diario encaminado a cumplir con su importante cometido, entre todos conseguiremos para nuestra ciudad, una armonía en el tráfico, parecida a la que todos que nos visitan descubren que existe entres los diferentes estilos arquitectónicos de la incomparable joya que representa nuestra querida y envidiada Salamanca.

1 comentario:

Soledad Sánchez M. dijo...

¡Pero qué calladito nos teníamos el blog! ¡Lo que me he perdido!
Enhorabuena, Ramón, por esta magnífica bitácora y por el artículo en DGratis que me ha descubierto algunas cosas nuevas sobre ti.
Ahora mismo te enlazo a mi blog, y así estaremos en contacto virtual.
Un abrazo muy fuerte.

Soledad -Marisol-